Silla frente a la puerta
Llega diez minutos antes porque temprano parece competencia. La host lo lleva a una mesa para dos junto a la ventana; llegan dos aguas, iguales, sudando como si les hubieran pedido buen comportamiento. Deja el celular boca abajo, luego boca arriba, luego decide que la honestidad es menos obvia: boca arriba.
Sus últimos mensajes son una escalerita ordenada:
¿Sigues bien para las 7?
Sí :) ahí nos vemos
En la app, su punto verde es presente. Activa hace 2 min. Lee otra vez su bio—dos líneas sobre comida picante y un perro con nombre de poeta—y trata de no ensayar la risa para un cuarto que todavía no llega.
El mesero pregunta: “¿Esperamos a alguien más?”, con esa voz de quien habla del clima.
“Viene en camino,” dice, y lo cree lo suficiente como para pedir papas “para la mesa”, como si hacer mesa hiciera persona.
Las 7 se vuelven 7:08. Aparecen los tres puntitos, luego nada, luego otra vez, como latido que se distrae. Escribe Sin prisa—si te complica, reagendamos y deja el pulgar sobre enviar como si la postura fuera etiqueta. No lo manda. Tampoco lo borra. Se queda en ese lugar de no enviados donde va la esperanza educada.
Llegan parejas con la coreografía de quien no ensayó y no lo necesita. Una mujer roza su silla y dice “perdón” de otro mesa. El segundo vaso deja un círculo en la madera como calendario con un solo día importante.
7:14. Abre el mapa sin querer y mira un cochecito en una calle donde ella no vive. Revisa su perfil y ve una foto que no había visto—un perro en la playa, mancha de alegría, horizonte tan recto que parece dibujado. Es como entrar a un cuarto que acomodaste y encontrar el cuadro un poco chueco: prueba de vida y de nada.
El mesero regresa con esa sonrisa que el oficio aprende para momentos así. “¿Le dejo el otro lugar?”
“Sí,” dice. “Por favor.” Suena a oración porque lo es.
Muerde dos papas demasiado calientes para ser decisión. La sal defiende quedarse. 7:23. La app empuja una notificación con forma de ayuda: ¡Impulsa ahora—más matches cerca en los próximos 30 min! La silencia con un pulgar al que le gustaría ser más amable.
Redacta otro mensaje—Todo bien si hoy se te complica. Reagendamos—y mira cómo la app sugiere respuestas con confeti: ¡Tú puedes! Sé tú mismo. Di algo lindo. El algoritmo es ese amigo que habla fuerte cuando no toca.
7:31. El punto verde se vuelve gris. El chat baja un milímetro como si todo hubiera respirado y decidido archivar. No lo desmatchean; le dan luego, que es más valiente y de alguna forma peor.
El mesero regresa con una misericordia disfrazada de pregunta. “¿Le empaco esto?”
“Todavía no,” dice, que es verdad. Quiere cinco minutos más con la idea.
A las 7:40 paga. Deja propina como quien alguna vez necesitó salida amable y la tuvo. Al levantar el segundo vaso queda un anillo fantasma; mira cómo la madera se bebe la evidencia hasta que ya no hay a qué señalar.
Afuera, la tarde está perfectamente bien. Un camión decide ser camión. Un niño negocia con un perro por un palo. Se queda bajo el toldo y deja que la puerta se cierre sola sin detenerla, solo para ver si el sonido se siente a algo. No. Eso duele, que también es dato.
El teléfono vibra: ¿Cómo te fue en la cita? La app ofrece botones: Excelente, Bien, Regular, Mal. Desliza un poco más y encuentra un link pequeño: No llegaron. Es la única opción que no lo califica de regreso.
Toca. La app piensa un segundo educado y responde: Gracias por tu opinión. ¿Intentas con alguien cercano ahora? En algún rack, la esperanza es inventario. Guarda el celular porque no contestar, por una vez, es la respuesta del tamaño correcto.
De camino al metro compra un solo limón porque le faltan limones, y porque cargar algo hace que las manos admitan que vas a algún lado. En el vidrio de un local oscuro se ve dos veces—cristal y reflejo—dos personas llegando a tiempo. No es la historia donde alguien entra agitado a las 7:52 con una buena razón. Es la historia donde la silla queda vacía y el mundo sigue, sin castigo.
En el andén, deja el limón junto a él y lo mira no rodar. El tren llega exactamente cuando dijo. Sube, la ciudad elige túnel y el teléfono se queda quieto todo el camino, que también es una respuesta.