El sí tranquilo

No hacen nada dramático. Sin reservaciones, sin rosas peleando por aire dentro del celofán. Solo una caminata después de cenar porque el aire se siente como si aprendiera sus nombres.

Pasan frente a ventanas donde otras vidas se ensayan—alguien moviendo una sopa, alguien discutiendo bajito, alguien riendo como si no lo hubiera planeado. Un perro pega el hocico al vidrio de una panadería y perdona al mundo de inmediato.

En la esquina se detienen sin decidirlo. Él señala una grieta en la banqueta con forma de corazón que claramente no lo intentó. Ella se ríe y dice, “Eso no cuenta,” y aun así le toma la mano, como corrigiendo al universo con cuidado.

Hablan de cosas pequeñas porque las cosas pequeñas han sido buenas con ellos. Una película que nunca terminarán. Una planta que sobrevivió al abandono por pura terquedad. La manera en que el tiempo corre cuando eres feliz y se desacelera cuando te das cuenta.

Hay un momento, siempre lo hay, en que el amor pide ser nombrado. Se queda flotando, paciente. No lo apresuran. Lo dejan entre ellos como una vela que no se apaga porque la luz está haciendo su trabajo.

Cuando se despiden, es con la certeza de que nada se termina. Mañana ya los conoce. El futuro no son fuegos artificiales; es un calendario con espacio.

Él camina a casa más tibio de lo que el abrigo merece. Ella revisa el celular y sonríe a nada nuevo. En algún punto entre sus puertas, San Valentín decide que no necesita testigos.

El amor, al final, no es la pregunta.
Es el sí tranquilo que sigues diciendo sin darte cuenta.

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