Hueso
La orden de trabajo dice PINTAR TODO EN HUESO en una tipografía que no parpadea. Ficha a las 8:02 y empuja la charola hasta la cocina, donde el marco de la puerta es un museo de lápiz: fechas apiladas como vértebras, marcas con apodos—Bolitas a 1.27, Por fin más alta que mamá a 1.70—flechas, signos de admiración, un corazón chueco que solo abraza la estatura, no a una pareja.
Al lado de la muesca más alta alguien pegó un Post-it. El pegamento está cansado; la esquina se curva como pregunta. NO PINTAR ESTO. Subrayado dos veces, la segunda más suave, como si la petición tuviera que pedirse permiso.
No es nuevo en esto. Los departamentos son palimpsestos que le pagan por dejar limpios. Quita las placas, mete tornillos en una bolsa, extiende lonas sobre el piso, revuelve la pintura hasta que desaparece la piel. El cuarto agarra ese olor a pan húmedo que vuelve criaturas a las paredes. Mira otra vez la historia de lápiz y luego la orden que no pestañea. Saca su cinta azul.
Con besos de cinta, cubre cada marca. Pasa la uña para que el grafito se transfiera. Escribe las fechas en la cinta para no perder el mapa: 2016: 1.27; 2018: 1.50; 2020: el verano de los calcetines disparejos. Copia Papá 1.78 (sigue más alto) a regañadientes, porque la exactitud también es respeto. El Post-it queda al final. Lo alisa dentro de la cinta como hoja en libro.
Pinta. El hueso borra con alegría. El marco se vuelve neutro, más grande, lo bastante nuevo para que alguien imagine inicio. La brocha levanta una cresta terca de lápiz donde la cinta falló, y por un segundo piensa: déjala, fósil leve que encuentras si sabes dónde tocar. No la deja. No le pagan por dejar fantasmas.
A la hora de comida se sienta en la escalerita y muerde la manzana que olvidó enfriar. Al otro lado del patio, un papá pliega una carriola con la coreografía de quien, en un mes, lo hará mejor. Un niño bautiza maestra a una paloma y acierta por una razón que el mundo no puede discutir.
Adentro, el marco está seco, perfecto, inocente. Parece que nunca admitió un centímetro. Despega la tira y la sostiene. El grafito besó el adhesivo—copia al carbón para bolsillos pobres. Las alturas flotan ahí, en espejo; una familia hecha de espacio negativo.
El arrendador le diría que lo tire. En inventario no hay cajón para LO QUE ESTABA AQUÍ. Él tampoco lo tiene, pero sí un cartoncito de la caja de rodillos. Pega la cinta encima y escribe COCINA / JAMB DERECHO / ANTES DE USTEDES con letra de molde. El Post-it queda en la esquina como bandera de país chiquito que se niega a ser anexado.
Busca un sitio que ninguna lista revise. Detrás del refri solo polvo. Detrás de la estufa, calor. Encima de alacenas, dedo gordo de aire. La caja de fusibles; el retorno de aire; el zócalo bajo el fregadero donde la tubería se vuelve hermética. Elige la ranura entre alacena y muro, donde vivirá una escoba. Desliza el cartón hasta toparse con un travesaño—oculto, alcanzable, en espera.
Al salir toma una foto del marco porque necesita recordar cómo se ve el olvido. Ficha a las 4:41, con hueso bajo las uñas, el olor pegado a las mangas como tarea que se lució.
Dentro de unos meses quizá nadie encuentre el cartón. Tal vez esa familia ya sea otra forma en otro muro. O tal vez llegue un sábado en que a alguien se le caiga una cuchara detrás de la alacena. Correrán el mueble y verán el artefacto aplanado, la cinta blanqueada, el lápiz al revés como letras en espejo. Lo alzarán a la luz. Lo alinearán al nuevo marco y medirán lo que se guardó.
Él no lo sabrá. Pintará el siguiente, y el siguiente. Pero cada vez que lava la charola mira sus manos manchadas y piensa en el segundo subrayado del Post-it—el más suave—y siente la pequeña rotura del mundo donde un marco dejó de ser calendario. A eso el hueso no llega.