Luz ancestral
Escribe en la mesa pequeña junto a la ventana porque es el único lugar donde la luz se porta bien. El cuaderno está abierto en una página que ha esperado todo el año. La tinta se junta, duda, sigue.
En el altar, a su lado, una fotografía en blanco y negro se apoya contra un plato de naranjas. El hombre de la foto es joven de una manera permanente—pelo ordenado, mirada firme, una vida detenida a medio respiro. El marco tiene una esquina astillada; nunca la arregla. El daño también se hereda.
El incienso se consume hasta su buen centro, donde el humo aprende a subir sin prisa. Él alza la vista entre frases, como si la foto fuera a corregirlo. Como si los muertos aún editaran.
Empieza por lo pequeño: el sonido de la ciudad antes de los fuegos artificiales, la vecina que barrió el pasillo esta mañana, el hervidor que se apagó demasiado pronto. Evita las verdades grandes porque pesan y porque quiere que el año empiece con algo que pueda cargar.
En el margen escribe nombres—no en lista, sino trenzados en las frases para que pasen desapercibidos. Aprendió ese truco escuchando. Aprendió que la supervivencia suele esconderse en la gramática ordinaria.
La foto observa. No juzga. Da fe. Se pregunta si así se ve la continuidad—no como línea recta, sino como un cuarto donde los vivos siguen acercando sillas.
Cuando la página se llena, no la relee. Aun así, la fecha. Deja la pluma con ambas manos, una leve inclinación al trabajo.
Afuera, la tarde se entibia. En algún lugar, los cuetes ensayan sus discusiones. Enciende otro incienso y no pide suerte. Pide claridad, que se siente más honesta.
Dobla la hoja una vez y la coloca bajo la fotografía, no como ofrenda, sino como prueba de contacto.
El año no responde.
No lo necesita.