Máquina expendedora, salida 214

El motel es color curita; la alfombra huele a café de ayer recordado a las 3 p. m. La reja de la alberca cojea como tío borracho. En el segundo piso, la hielera sueña en voz alta. Está por dormirse cuando recuerda que el azúcar a veces habla mejor que los pensamientos.

La máquina al final del pasillo vigila su reino brillante—espirales de dulces, meteoritos de papas. En B5 hay un rollo de canela con brillo plástico de atmósfera. Mete un billete arrugado; la máquina se lo devuelve con dignidad mecánica; lo alisa como disculpa. Esta vez firma la tregua.

Pulsa B5. La espiral gira y se detiene justo antes de soltar. El pan cuelga de una esquina, zorro en trampa. “Ándale,” le dice. La máquina ofrece silencio que tal vez sea risa. Intenta el rito: hombrazo exacto y tierno. No.

Aparece una mujer con dos cubetas de hielo y cara de cuando el elevador elige otros pisos. Estudia la escena como diplomática. “Hay que comprarle un amigo”, dice, y aprieta B4 (cacahuates) como si fuera ley. Caen los cacahuates. El pan tiembla y cae, generosidad por gravedad.

Él le paga con cuartos; ella rechaza dos por principio. Comparten el pan en la escalera, donde el aire es más fresco. “¿A dónde vas?”, pregunta. Él dice una ciudad que podría ser cualquiera. Ella también. Hablan de lo que no se estropea al recordarlo: la mejor salida para duraznos, la peor para baños, cómo los tráileres hacen su propio clima.

Al despedirse, ella toca el barandal dos veces, bendición removible. Ya en su cuarto, él come el último bocado despacio. La hielera tararea una canción que no conocía pero sabe. Duerme como quien resolvió exactamente un problema y dejó los demás para luego, sabiduría que se compra con cuatro monedas y una desconocida amable.

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