Perdidos y hallados, fin de verano

Cierran la alberca del barrio como se dobla una toalla: esquinas que se encuentran, arena que discute. A Mia, última salvavidas del rol, le toca objetos perdidos. El cajón tose lo que uno olvida cuando está ocupado siendo agua: gogles con un ojo nublado, un churro de espuma con marcas de dientes de tiburón tímido, tres toallas que intentaron ser banderas.

Las extiende en una mesa y arma su taxonomía: Cosas Que Vendrán Por Sí Solas (llaves con cordón de flamingo), Cosas Que Se Creen Importantes (funda con cascada de glitter), Cosas Que Sí Lo Son (sandalia naranja con sticker de vida marina). En la bolsa de una sudadera desteñida encuentra una nota doblada tamaño galleta: “Profe, hice seis largos sin parar. Ya soy delfín. —L.”

Mia mira el fondo profundo, vacío y legal. Imagina a L chapoteando cinco y encontrando el sexto como puerta que se abre si la pides bien. Pincha la nota en el corcho junto a reglas que nadie lee—No Correr, No Clavados, No Chistes de Delfines—y le agrega etiqueta: Reclamado por la alberca.

Lava los gogles en la tarja que ha visto todos los veranos y los tiende como lunas en la malla. Una tormenta empuja el hombro del cielo; hojas caídas pecan el agua de naranja. La lámpara de mantenimiento tiembla encendida, valiente y ridícula a las 4 p. m.

Al cerrar, trata la reja con la gentileza de lo dormido. De paso mete la sandalia naranja al buzón con nota a la dirección del registro: “Olvidaste esto. La alberca se acuerda.” No sabe si es verdad. Se siente verdad como el pelo mojado que pesa más de lo que marca.

En el estacionamiento cambia el viento—más fresco, nuevo. El verano suelta sin obligarla a decirlo. Maneja con ventanas abajo y el olor a cloro casi como promesa cumplida.

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