Antes de los cuetes

La mañana llega sin pedir permiso. Todavía no hay tambores ni sobres rojos abriéndose. Solo la luz deslizándose por el azulejo de la cocina y el hervidor recordando su oficio.

Ella enjuaga el arroz hasta que el agua se aclara, paciente como quien aprendió que la claridad llega al final. En la mesa, las mandarinas brillan como soles pequeños. Las gira para que el lado bonito quede arriba. No es superstición, es cortesía.

Afuera, los vecinos ya están despiertos pero en silencio, la ciudad conteniendo el aliento. Alguien barre la banqueta despacio, haciendo espacio. Alguien más pega un carácter de papel en una puerta que ha visto muchos años y verá más.

Piensa en lo que se espera de un año nuevo: declaraciones, suerte negociada a gritos, una versión de sí misma con bordes más firmes y menos errores. Deja a esa versión esperando. El arroz se cuece. El hervidor canta. El calendario cambia sin pedirle opinión.

Prende incienso junto a la ventana y no pide nada complicado. Salud. Tiempo. La capacidad de seguir llegando a mañanas ordinarias. Agradece a quienes vinieron antes por enseñarle qué gestos importan y cuáles se pueden saltar.

Cuando la comida está lista, sirve un tazón antes de que alguien más despierte. El vapor empaña el vidrio y luego se despeja. Come despacio, escuchando al edificio acomodarse.

Después habrá ruido. Rojo por todas partes. Niños corriendo con sobres que aún no entienden. Fuegos artificiales discutiendo con el cielo. Pero por ahora, el año es lo suficientemente pequeño como para sostenerlo.

Limpia la mesa. Abre la puerta. Entra.

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The Quiet Yes