Antes del Cambio
Ella pedalea antes de que la ciudad despierte del todo, cuando el aire todavía es lo bastante ligero para respirarse sin sabor a humo, cuando los vendedores apenas empiezan a levantar las persianas metálicas que se quejan como rodillas viejas. La bicicleta le queda grande, heredada, y la obliga a estirarse para alcanzar los pedales, los dedos del pie buscando, encontrando, empujando. La cadena hace clic como un animalito que la sigue.
Esto todavía es Saigón, no por los mapas, sino por las bocas. La palabra se queda pegada a la lengua como azúcar, sabiendo que más tarde se va a derretir. Su mamá la dice bajito mientras cuenta billetes en la mesa. Su tío la escupe con filo cuando discute con la radio. Su abuela la pronuncia como se pronuncia un nombre en un altar, con cuidado, con terquedad.
Toma el camino largo a la escuela a propósito, bordeando el canal donde el agua tiene color de té viejo y la luz de la mañana la hace parecer casi limpia. Un chico en moto pasa demasiado cerca y se ríe, y la risa se le queda atrás como humo. Ella no se mueve. Ha aprendido que la calle premia al constante, no al valiente.
En la esquina de la panadería, el calor se derrama por la puerta, pan y mantequilla y algo dulce que no sabe nombrar. Se imagina tragándose esa tibieza, guardándola bajo las costillas para después, para las horas en que el día se vuelve ruidoso. Un hombre empuja un carrito de hielo molido, los cubos tintineando como vidrio. Una mujer carga canastas de hierbas en un palo, hojas verdes temblando como si la ciudad misma respirara.
Pedalea más fuerte, los radios volviéndose un brillo de plata, el viento levantándole el pelo del cuello. Por un momento no es alumna, ni hija, ni la responsabilidad de nadie. Es puro movimiento. Es solo la línea del camino por delante, y el nombre de la ciudad todavía aguantando, lo suficiente para que ella lo atraviese.