Archipiélago de charcos

La lluvia ya terminó de hablar. La calle está tibia y enjuagada, cada banqueta es una costa. Él se arrodilla donde el cordón hace un río suave y pone el casco café en el agua—dos pernos para mástil, cuadrado de servilleta por vela, calavera y huesos arriba como intención.

El Capitán Barbanegra (nariz gastada, parche todavía seguro) sostiene un sable cromado raspado y un loro con menos verde desde aquel año de dientes. Dos casacas rojas en bote 1x4 se sientan con dignidad. La loseta del mapa es suficientemente mapa aunque tenga la esquina mordida—una x que cumple.

Echa la flota al mundo-charco, que es en realidad un archipiélago: lagunitas en la cochera, un lago del tamaño de un plato, y un canal largo donde la rejilla zumba como cascada lejana. Una hoja de encino se vuelve galeón español económico; un palo es muelle; un caracol es monstruo marino que va a lo suyo.

El agua guarda irisaciones donde el jabón o el aceite quedó delgado—colores del cielo hechos magia de mar. Las minifigs las cruzan y los colores se les pegan como bandas ceremoniales. Tararea música de tema que solo existe en su cabeza, tambor diciendo que hoy el viento es gratis.

Levanta un fuerte con placas verdes y un muro corto color gris antiguo—Eldorado en pequeño, almenas de un ladrillo. El mono trepa un cono 1x1 y declara imperio. La aleta de tiburón (mordida por la aspiradora tiempo atrás) da una vuelta al charco grande y olvida a qué vino.

Empuja el casco con dos dedos, cuidando no ahogar al capitán. Las ondas hacen caminar reflejos: árboles que se bambolean como fantasmas altos dando consejos, y su cara que se dobla en un niño más amable que sabe todos los vientos. Los pernos bajo sus pulgares son bendiciones contables. La sombra del barco dibuja otro mar debajo, más oscuro y cierto.

“¡Arriad!”, dice porque la palabra sabe rica, y la flota obedece por cortesía. Corre el canal, frena en el borde de la rejilla—Orilla del Mundo—y gira el barco a tiempo, milagrito apretado que se siente ganado. Barbanegra asiente como diciendo sí, uno elige las aventuras que sobrevive.

Se mueve una nube y todo el barrio se aclara, el asfalto mojado se vuelve terciopelo. Inclina el mástil para tomar una brisa de banqueta que quizá sea un camión a dos cuadras. Guarda tres monedas doradas (plástico, rayadas) en el cofre que cierra con ese sonido sagrado LEGO, el que sella las tardes.

Desde el porche, una voz que lo quiere: ¡A cenar! El océano suspira—él lo oye. Activa el protocolo de rescate: toalla del escalón, minifigs al buen bolsillo, el loro en lo alto como grado. Amarra el casco en la orilla y promete a la tripulación patrulla al alba si el clima es amable. Los charcos hacen soles chiquitos cuando se pone de pie, monedas que no puede cargar.

Adentro, la toalla huele a secadora y verano pasado. Seca pieza por pieza, perno por perno, endereza el sombrero del capitán. Deja el barco en el alféizar a vigilar el cielo; la luz tarda atraviesa la vela de tela y la vuelve transparente: hoja de libro, capilla. Pone el mapa junto al salero porque ahí van los mapas en invierno.

Afuera los charcos encogen hacia recuerdo. Está bien. Los océanos, se sabe, siempre vuelven. En su palma las caritas amarillas sonríen con su simpleza sin pretensión. Él les sonríe de vuelta, inventor y viento a la vez, y el cuarto se calienta con eso.

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