Bajo el techo rojo
La campanita de la puerta te llama a un tiempo que aún sabe tu nombre. Aire tibio con mantequilla y orégano, alfombra color catsup y esas lámparas tipo Tiffany que derraman vitrales de pizza sobre las cabinas de vinil rojo. La hostess coloca el numerito de metal en la mesa como parte del rito. Te sientas donde la luz te arma mosaicos en los antebrazos.
Llega el vaso rojo—textura rugosa, inmortal—sudando refresco y hielo que cruje como multitud chiquita. En la mesa: el parmesano que nieva, las hojuelas rojas como confeti, y la base metálica que eleva la charola para admirarla como proyecto de feria de ciencias. En la esquina, una mesa arcade parpadea puntos de Ms. Pac-Man hacia la eternidad; dos monedas esperan bajo la palma de alguien como planetitas.
Finges virtud con la barra de ensaladas: iceberg como hielo de lago, zanahorias fosforescentes, tocino en migas con aspiraciones. El aderezo ranch susurra perdónate. De vuelta en la cabina, la sartén cae con un siseo que reordena el aire. La orilla es un aro mantequilloso con gravedad propia. El pepperoni se encorva en tacitas de aceite; inclinas la rebanada para salvar la playera y dejas que llueva en la charola negra como clima que te escogió.
La conversación es fácil en este siglo: de quién toca traer más servilletas, quién puede doblar el triángulo sin que se caiga el queso, cuántos libros leíste para el botón de BOOK IT! que todavía vive en algún cajón. En la mesa de al lado, un papá firma la paz con una jarra de refresco; un equipo de niños con calcetas manchadas de pasto choca palmas alrededor de una pizza como si fuera trofeo comestible.
Conoces el menú de memoria—Personal Pan como lenguaje de cariño, Breadsticks como tregua—y conoces la coreografía: rebanada, soplar, morder; sorbo, ah; pásame el queso como comunión. Las lámparas zumban. La rockola cuela un clásico lento entre el pelo-metal y una rola que nadie admitirá que le gusta en diez años. Por la ventana, el techo rojo vuelve el anochecer un poco más cálido de lo permitido.
Cuando llega la cuenta en su carpeta negra, nadie se apura. Hay tiempo de trazar el anillo húmedo que dejó el vaso, de hacer un acordeón con la envoltura del popote, de mirar a los tuyos y decidir que la memoria a veces es elección que haces mientras aún sucede.
Al salir, pasas la máquina de garra que nunca perdona y el póster de un buffet de martes que se siente excursión. El aire frío te recibe al cerrarse la puerta, y el olor a mantequilla se queda en tu chamarra como souvenir nada cursi. La noche de afuera es común. La de adentro se va contigo: sartén caliente, luz roja y el sonido de una campana que todavía sabe dar la bienvenida.