Guarda de llaves

Después de medianoche, la pista de patinaje exhala. Los últimos globos de cumpleaños se dan topes con la oscuridad, el mostrador de renta acomoda sus medios números raspados y la bola disco cuelga como planeta somnoliento. Cierra con llave, apaga los fluorescentes y deja las luces de color—azul, frambuesa, un dorado paciente—porque al silencio le sienta bien un poco de neón.

Se amarra sus propios patines en la banca del final, donde el vinil chilla como confesión pequeña. Ruedas que hacen clic, baleros que dicen nos acordamos. Apoya el celular en la cabina del DJ y las bocinas despiertan con educación: soul del lado B, un sintetizador que sabe susurrar, baterías que cumplen.

Sola en el óvalo barnizado, se impulsa una, dos veces y la semana entera se afloja. El piso es una frase lisa que puede terminar sin prisa. Vuelta a vuelta recoge pedacitos que tiró entre pendientes: una risa del martes, una buena idea del miércoles, la amabilidad cualquiera de un extraño en la gasolinera que ahora pesa más.

Frente al mural de relámpagos y el cometa de caricatura, practica un cruce viejo, pie izquierdo robándole el trabajo al derecho hasta que la curva se vuelve un poco magia. Los letreros de salida zumban su arrullo institucional. En la oficina, un temporizador olvida sonar. Se imagina la pista como fue—pelo grande, mezclilla ruidosa, parejas con la mano en la bolsa trasera—y luego deja que la imagen se vaya patinando sola.

Aquí no está sola. Es inventario: de velocidad confiable, de equilibrio ganado. La luz de la cabina pinta su sombra en franjas lentas y de color; aprende su contorno otra vez a las 9, a las 12, a las 3—cuerpo de reloj, ritmo sencillo. Flexiona la rodilla y siente que el piso responde. La gravedad, en ruedas, es más amable.

En la recta cierra los ojos tres tiempos y ubica la pared por memoria de viento. Cuando la canción crece, señala la bola disco como si pudiera firmar el permiso de la noche. Firma: estrellas por todas partes, constelaciones portátiles prendidas del techo, síes chiquitos resbalándole por el pelo y los hombros.

Piensa en la gente que amó y en la que podría amar si no fuera tan cuidadosa. Deja que ese pensamiento la rebase por dentro, más veloz, y no lo persigue. Otra pista entra—cinta chueca, groove imposible—y suelta una risa porque aquí nadie necesita que sea razonable.

A la tercera vuelta el aire huele a baleros tibios y algodón de azúcar que no existe. Una hilera de pulseras olvidadas guiña desde el mostrador como tesoro en bajamar. Avanza de espaldas, puntas ligeras, y lee la pista al revés: lobby, puerta, estacionamiento lleno de polillas intentando ser cometas.

Cuando la lista termina, el cuarto se queda con ella. Abre las hebillas y sus tobillos se sienten más altos de lo normal. Las luces de color parpadean sus buenas noches. Con la orilla de la playera limpia un círculo de polvo en la cabina del DJ y lo deja más limpio que como llegó.

Afuera la noche tiene su propia lisura. Las llaves suenan una vez, deliberadas. No llama a nadie. No narra. Maneja a casa con un silencio que le queda. En el retrovisor, la pista se encoge hasta ser un planeta suave, todavía girando, feliz de esperar la mañana.

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