La lavandería de los martes
Cada máquina habla océano; cada canasta es barco. Un niño con jersey cuenta monedas como mago que cuenta palomas. Su madre lee una receta y asiente, como acordando con una sopa futura. La encargada, Rosa, dobla a un ritmo anterior al hilo musical: doblar, girar, alisar, apilar—clima confiable.
En la #12 emerge una calceta roja una y otra vez, boya en tormenta de mezclilla y toallas. No aparece su par. Rosa la mira como se mira a un amigo repetir error y sobrevivir. Tiene un cajón de Huérfanas y Extraviadas; aquí la gente se reencuentra consigo más que en cualquier otro lugar.
Un hombre pega un letrero a una lavadora muerta: FUERA DE SERVICIO (NO ES CONTIGO). La gente sonríe como si le hubieran dado permiso de perdonar un aparato. El suavizante de lavanda vuelve el aire una habitación donde te quieres quedar. Una secadora se abre sola; Rosa la calza con una novela policial donde nadie resuelve nada: apropiado.
El niño hace girar un carrito hasta planeta y lo detiene con ambas manos como si salvara a todos. “Gol”, dice bajito, a nadie, que es la mejor victoria. Su madre ríe sin mirar, versión doméstica del aplauso.
Cuando bajan los ciclos, Rosa revisa el cajón de huérfanas. Un gemelo de mancuernilla (tieso, formal). Un guante de invierno (mano izquierda, historia implícita). Tres calcetitas de bebé que son ensayo sobre el tiempo. Coloca la roja arriba, corona de la pequeña república. Por impulso, pincha un letrero: “Esperaré. —Tu Otra Mitad.”
A las 6:12, entra un hombre con un zapato mojado, pelo llovido en arquitectura. Ve la calceta roja, la lleva al pecho como si rescatara un pájaro y se ríe de sí mismo por la ceremonia. Rosa asiente como puerto a barco que vuelve.
Las máquinas callan una a una. Afuera el cielo pasa a enjuague. Adentro, todos salen más ligeros que como llegaron, y no solo por la ropa.