Constelaciones del turno nocturno

La gasolinera 24 horas es un acuario de luz. Él atiende la caja; el estacionamiento tiene su propio clima. A la 1:12 a. m. una pareja regresa una limpiadora de alfombras con brillantina aún en los pulmones. A la 1:40 un hombre compra un tulipán y pilas AA y dice “no preguntes”, y él no pregunta.

Cuando hay calma, convierte la cinta de recibos en mapa. Cada vacío entre compras es una autopista; cada total impreso, un pueblo. Los nombra con cosas que la gente dice frente a su mostrador: Lo Que Pase, Hoy No, ¿Tienen Baño? Una mosca recorre el exhibidor de dulces como turista sin idioma.

A las 2:03 una enfermera compra café y un rasca, rasca en el coche, sonríe como quien obtuvo el número que de veras necesitaba—dormir—y se va. A las 2:26 la rocola de la taquería de al lado tose una canción sobre no aprender la lección; el bajo encuentra el vidrio y zumba en las ventanas.

Hace café fresco porque nadie merece el final espeso de la jarra. Mientras gorgotea, el trueno mueve muebles en el cielo. Corre la ventanilla y deja que la lluvia hable. Un adolescente con patineta compra cinta plateada y se la pone a la grieta más optimista del mundo. “¿Crees que aguante?”, pregunta. “Esta noche sí”, dice él, y es verdad porque lo dijo.

A las 3:00, una mujer compra plumas del limpiaparabrisas y se queda a contarle cómo un gato la eligió. Se va con la certeza suave de quienes han sido adoptados por dioses pequeños. Él mira su mapa de recibos y añade un último pueblo: Estás Bien.

Cuando llega su relevo, la lluvia ha dejado el estacionamiento plano y educado. Se guarda el mapa en el bolsillo en vez de tirarlo. Camino a casa lo usa como carta estelar, y por una cuadra funciona.

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