22 de Febrero, Guadalajara
El 22 de febrero en Guadalajara, la noche hace su propio clima. El aire está quieto, y luego ya no. Carga el sonido como el humo carga un olor, al principio leve, y de pronto en todas partes.
Su bebé duerme boca arriba, con un puñito cerrado como si estuviera agarrando un sueño. La lámpara está apagada, pero el foco de la calle se cuela entre las persianas y le pinta las mejillas con rayas pálidas. Su respiración es pequeña y constante, el ritmo más limpio del departamento. Él la mira como si fuera un monitor.
Afuera pasa algo filoso. No tan cerca como para verlo, lo bastante cerca como para saber. Un tronido, luego otro, y un silencio que se siente como si la ciudad estuviera escuchándose a sí misma. Más lejos, un perro contesta, y luego otro. En algún lado un auto activa la alarma, se rinde, vuelve a sonar, como si no supiera si es valiente.
Él no se mueve. Moverse se siente como una invitación. Deja la mano en el borde de la cuna, sin tocarla, solo ahí, una línea que traza entre ella y el resto del mundo. Piensa en las cerraduras, en las rejas, en esa puerta delgada que finge ser frontera. Piensa en las rutas del día, en las calles que ahora evita, en las horas en las que ya no confía. Piensa en cómo aprendes una ciudad dos veces, primero como lugar, luego como lista de precauciones.
Su celular está boca abajo en el buró, pantalla negra, una mentirita. No quiere titulares. Ya tiene el sonido.
Intenta hacer cuentas, como si los números pudieran ser escudo. Cuánto dinero para poder moverse, cuántos meses de renta, cuántas pláticas de “aguanta tantito”. Trata de imaginar un barrio más seguro, una cuadra más tranquila, una vida donde la noche sea solo noche. La imagen se le rompe por las orillas.
Su hija se mueve, se queja suavecito, y se acomoda. Él se inclina hasta olerle la piel, leche y jabón y esa dulzura de persona nueva que hace que todo lo demás parezca irreal.
Otro ruido afuera, más grave esta vez, como una puerta azotada con coraje. Él traga saliva. Se dice las palabras de todos modos, las que los padres han usado cuando no hay nada más.
Te voy a cuidar.
No sabe si la ciudad le cree. Las repite hasta que las manos dejan de temblarle.